El Año de Hidalgo

Welcome Piñera
Santiago, 2010. Foto: Cosmopolita.

Los chilenos siempre andan, copiando, además del lenguaje, fiestas, programas celebraciones, aniversarios y festejos de otros países; por ejemplo tenemos el Halloween, el día del amor y la amistad, o los programas de la TV como El Hormiguero de Canal 13 o Animal Nocturno de TVN, malas copias por lo demás.

Hace años atrás nos solían repetir hasta el cansancio que éramos los ingleses de Sudamérica, últimamente Tironi afirmaba sin que se le arrugara la cara que éramos mas norteamericanos que los norteamericanos. Con esta base empezó a germinar en mi mente que si podíamos copiar “El año de Hidalgo” pero con unas modificaciones más positivas y podríamos crear un precedente.

Bueno, me imagino que se preguntaran que es eso. En México, los presidentes duran seis años en el poder, el último año de gobierno es lo que se conoce como el Año de Hidalgo y en buen mexicano significa “pendejo el que deja algo”. Tanto es así que no importa si no hay cambio de régimen, como era el caso de un presidente que salía del PRI (Partido Revolucionario Institucional) por otro que entraba también del PRI, o del PRI al PAN (Partido de Acción Nacional o Demócrata Cristiano, de derecha por supuesto) como hasta hace poco. Eso de la transición no existía, el que llegaba tenía que empezar a armar el rompecabezas y empezar todo de nuevo. Algunos políticos comentaban que hasta los cajones quedaban vacios.

Bueno, no quiero ser tan anti sistema, pero podrían los Concertacionistas aplicar una variación a la chilena de este principio. Vamos viendo la variación del Año de Hidalgo a la Chilena que estoy proponiendo. Todo consiste en que el gobierno saliente le dé un ataque de honradez y estos dos últimos meses empiecen a rectificar el andar reaccionario de los últimos años y que por lo menos durante un mes la alegría llegue a miles de hogares chilenos.

Debemos primero que nada taparle la boca y amarrarle las manos al ministro Velasco que ha estado guardando el dinero de todos los chilenos como el Tío Rico del Pato Donald, y en vez de entregárselo a la derecha Pinochetista en una bandeja envuelto en papel celofán lo usemos en los siguientes ítems:

1.- Pagar al periódico El Clarín el dinero que se le adeuda y así cumplir con lo ya juzgado en los tribunales internacionales;

2.- Desistir de todos los procesos donde se aplica la ley antiterrorista y liberar a todos los hermanos de la Nación Mapuche que están en las mazmorras gubernamentales y castigar a sus asesinos con las penas que se merecen;

3.- Eliminar el siete por ciento de Fonasa a todos los jubilados sin importar cuánto reciben de jubilación;

4.- Solucionar el problema de los deudores habitacionales;

5.- Pagar aunque sea en parte la deuda histórica de los profesores;

6.- Fijar el sueldo mínimo ético del que hablaba Monseñor Goic;

7.- Dar por última vez un bono de sesenta mil pesos a todo los que lo trabajadores incluyendo a la clase media;

8.- Comprar un pasaje de ida sin regreso al MEO y cualquier familiar que quiera acompañarlo a Italia, mandar a Marambio a Corea del Norte a hacer negocios y para Pascal recordarle que como el MIR NO SE ASILA, conseguirle asilo definitivo en los EEUU donde se encontrara a gusto.

:::el inconforme:::
Enero 24, 2010.
Enero 21 de 2010

Mi infancia Borgoñina

Fue el último día de Febrero de 1950. Mi padre tenia una pluma de tinta, de esas antiguas que necesitaban de un tintero, la tinta era verde. Tenía además mi certificado de promoción al Segundo de primaria. Yo había estado en Kindergarten y Primero, en una escuela particular en la Gran Avenida, allá en Gambeta Sur, llamada pomposamente Shakespeare School, la cual funcionaba en una casa del sector.

Mi padre agrego una raya, vertical al número romano dos y este se convirtió en tres — es decir, de II pasó a III, estaba a punto de cumplir los siete años. De esta manera obtuve mi promoción. Al día siguiente el viejo me tomo de la mano y nos fuimos caminando por San Diego hasta que llegamos al 1547 donde funcionaba el Liceo Manuel Barros Borgoño. Nos fuimos a una sala al final del patio de baldosas, en un rincón oscuro y allí estaba el Profesor Silva. Mi padre le mostró mi certificado y este abrió un libro y me hizo leer. Parece que no lo hice tan mal porque fui aprobado, sin embargo, para ser justos, habría que agregar que yo estaba siendo recomendado por una prima de mi padre la cual era profesora primaria en el Liceo de Niñas Numero 6, cerquita del Borgoño.

La primaria funcionaba como Anexo del Liceo, el cual tenia horario en las tardes, allí se cursaba hasta Quinto o Sexto y después se pasaba a clases en la mañana. Al día siguiente murió el Abuelo y ese fin de semana fue un caos en mi familia, esos momentos están grabados en mi memoria como una fotografía. De aquel lejano año solo queda en mi mente el recuerdo de tres compañeros, Manuel Gandarillas el hijo del poeta del mismo nombre quien era vecino de la población Huemul donde vivíamos, Astete cuyo padre llego a ser colega cuando éramos profesores en la Universidad Técnica del Estado y mi primo Antonio, el Toño, quien falleció hace algunos años a causa del cigarrillo.

Al final de curso repetí, es decir no pase a Cuarto sino que tuve que volver a cursar Tercero, mi profesor paso a ser el Señor Powell quien lo fue en Tercero y Cuarto, en Quinto le toco al Profesor Morales y en Sexto pase finalmente a los estudios de la mañana, volví al mismo salón oscuro del rincón donde había cursado mi primer tercer año.

Estaba en Cuarto cuando nos toco celebrar los 50 años de aniversario, con fiestas y partido de fútbol en contra del Liceo No 6 de San Miguel por allá en el estadio militar, a un lado del Parque Cousiño. Recuerdo que fue una semana de celebraciones, no recuerdo quien gano, pero fue para nosotros un tiempo inolvidable, con el estadio lleno y con las chicas del Liceo No 6 de niñas a nuestro lado. Nunca más celebramos el aniversario de esta manera, “los B con A” eran el pan de cada día en aquella hermosa semana. Todavía lo tengo presente como uno de los acontecimientos más importantes de mi niñez. Al final de la educación primaria era ya todo un Borgoñino, lo cual me hacia sentirme orgulloso. En aquellos años varios de los que habíamos empezado en el mismo curso por el ’51 seguíamos juntos, y continuamos hasta que nos toco marcharnos años después. Recuerdo a Tapia, Juan Sánchez, Jaime Cordero, Troncoso, Montenegro, Omon, el Chico Gonzáles, Apiolaza, y muchos mas cuyo nombre no recuerdo. Aun conservo amigos de aquellos años y los recuerdo con cariño.

Pasé a Primero de Humanidades con un examen pendiente, es decir al final del Sexto de primaria me gane mi primer certificado azul, el amarillo ya lo había obtenido con mi repetición en Tercero. Debo de agregar que jamás me sentí acomplejado por haber repetido, era muy chico para medir cualquier consecuencia, que en todo caso nunca existió. Esta vez el certificado azul fue por Matemáticas, cosas raras de la vida, y tampoco fue el último por este motivo. En Marzo pase el examen pendiente y fui matriculado en Primero de Humanidades del Primer Ciclo de estudios de la secundaria.

Corría el año 1955. El cambio fue total, pasamos de un profesor todo el año a un profesor por asignatura, entre los cuales se encontraba el Profesor Fuenzalida, profesor de historia conocido popularmente como el Titila. Nos decía que las estrellas titilaban y nosotros veíamos como titilaban sus ojos. Gustaba de bromear con los alumnos y molestaba a Fernando Atal, compañero de ascendencia árabe, todo un juego sin animo de ofender ni de caracteres racistas, en mi opinion; en Castellano nos toco el Profesor Abelardo Barahona, quien nos introdujo en la literatura y nos acompaño durante el resto del tiempo en que nos toco ser Borgoñinos. No solo teníamos que leer, sino que había que buscar las criticas de los libros, lo cual nos mostró los caminos que tenia la Biblioteca Nacional, lo que me marco para toda mi vida al adquirir la costumbre de leer, que maravilla que en aquella época la televisión era cosa del futuro, pasaba horas hojeando libros en aquella antigua feria que había en la Alameda y Ahumada buscando libros baratos. Al empezar mi segundo exilio en Canadá y durante el tiempo en que estuve enseñando en la University of British Columbia (UBC) en Vancouver, me hice un visitante asiduo a la biblioteca de esta casa de estudios y tuve el placer de releer libros tales como Un Perdido de Eduardo Barrios, la trilogía que empezaba con Hijo de Ladrón de Manuel Rojas, los poemas de la Gabriela, y casi todos los libros que el Profesor Barahona nos hizo leer en aquellos tiempos. A Don Abelardo lo llamábamos el “Bestia,” no por insulto, sino porque gozábamos haciéndolo rabiar y el nos tildaba de esa manera. Tambien recuerdo al profesor Coronel en Castellano quien nos dio clases por el año de 1955.

Aquí en Vancouver, ciudad de la lluvia eterna, durante mis primeros años en los cuales soñaba con el Chile que deje por allá por el ’73, veía caer el agua a través de la ventana y pensaba en Carlos Pezoa Veliz en “Tarde en el Hospital,” (“Sobre el campo el agua mustia, Cae fina, grácil, leve, con el agua cae angustia, llueve…”) poeta que Barahona nos hizo descubrir y admirar. En Música tuvimos al profesor Núñez, bajito a quien todo el estudiantado conocía como el “Media Pauta.” Con el aprendimos a descifrar los versos del Himno del Liceo, bella pieza de poesía escrita por un ex alumno, aquella del “Caminito Sonoro Liceo,” que aun retumba en mis oídos y que a pesar de los años aun puedo entonar completamente. El Tolota, era el profesor de Matemáticas y la Abuela Pata era la profesora de Dibujo. En Ingles teníamos al profesor Inchaustegui y en Segundo en Francés nos toco Opazo, quien siempre nos recordaba de que su materia era “endiaubladamente difícil.” En Trabajos Manuales tuvimos a Arístides Rodríguez, quien fue nuestro profesor Jefe durante todo el primer ciclo, es decir del Primero al Tercero. En Gimnasia el Señor Saavedra, Badiola y Bravo en Matemáticas. Años después fuimos colegas en la Universidad Técnica del Estado con Badiola y Bravo. En Biología teníamos al Profesor Cid, alias el Tuto por su cara de sueño. Ya era rector del Liceo Don Hermogenes Astudillo, fue por aquellos años cuando fue declarado ilegal el Centro de Alumnos.

Termine el Tercero nuevamente con un certificado azul, nuevamente por matemáticas, paradojas del destino. Sin embargo lo supere en marzo y el certificado amarillo del ’50 nunca mas rondo mi vida. Aparecieron nuevas materias y nuevos profesores — en Química Muñoz, en Física Morales. Del Cuarto al Quinto y del Quinto al Sexto obtuve certificado azul por química. En Sexto todo cambio, fue química orgánica, con una estructura sencilla para mi, nada de las malditas valencias, a tal extremo se me hizo sencillo el curso. Cada vez que me sacaba un siete en los exámenes el profesor no me creía y se ponía a revisar las pruebas de los compañeros sentados a mi lado, pero no, fue muy fácil y sencillo, al final del curso Muñoz estaba ya convencido y termine con un seis. Don Hermogenes apareció por allá por Quinto como profesor de Filosofía, el Pelado Barrios siguió como profesor de historia, de tiempo en tiempo visitaba su librería de viejos que tenia en San Diego cerca de la Alameda y encontraba libros al alcance de mi menguado bolsillo, y el Palta Cereceda, Inspector General, por lo arrugado de su cara, nos dio Francés el ultimo año. El Algebra fue otra de las materias que en cuarto se me hicieron fáciles, en particular los problemas de palabras, el profe, Gutiérrez en ese año, tampoco me creía cuando sacaba una buena nota, pero recuerdo que las agarre al vuelo, a la que nunca le encontré la cuadratura fue a la geometría, todos esos teoremas se me hacían iguales, no distinguía uno de otro, solo cuando egrese del liceo en 1961 y me encerré todo Enero y Febrero con los libros de Geometría de la época, Penish creo que era el autor, y resolví todos los problemas fue cuando aclare uno de los grandes misterios en mi formación liceana. Al pasar a Quinto fui mandado al de Letras, nunca supe porque sino hasta que fue demasiado tarde y ya tenia una Licenciatura en Matemáticas además de una Maestría y un Doctorado. Fue nomás porque si, cuando mi padre me matriculo en Sexto y me preguntaron a cual iba, elegí Matemáticas. Fue un camino sin regreso, fue un año pesado porque tuve que estudiar lo de Quinto pero salí a flote y termine el Sexto con un certificado blanco como la nieve.

El Titila solía recordarnos que del Barros Borgoño, la Universidad del Matadero como se le conocía por su ubicación geográfica, habían salido muy buenos profesionales, sin embargo nos recordaba que también habían salido cogoteros. Me quedo con los profesionales, obreros y empleados que es nuestra mejor cara, a pesar de que no hay mejor o peor cara ya que ambas son parte de la misma realidad y del ambiente que los rodea, de la pobreza encubierta en nuestro barrio el Matadero, la miseria y la represión social en todas sus formas. Nuestra generación, la del “60” dio al país profesores secundarios y universitarios, ingenieros, economistas, doctores, activistas, químicos, abogados, periodistas, constructores civiles, obreros, comerciantes, músicos, biólogos, aviadores y marinos. Al menos son las profesiones que recuerdo de mis camaradas del ultimo año.

La última de mis actividades como alumno fue el día de la graduación, terminamos los compañeros con Don Hermogenes tomando vino en la Hermita, por allá por la entrada Sur Oeste del parque Cousiño, por donde entraba cada año en Septiembre a visitar las fondas.

Volví al Liceo por el ’65 y ’66, esta vez como profesor de matemáticas. Fue una sensación muy extraña, me sentía como pollo en corral ajeno cuando entraba a la sala de profesores, evitaba ese lugar y me iba a la sala de inspectores. El ver como colegas a mis viejos maestros me hacia sentirme fuera de lugar. La sala de profesores era un lugar donde íbamos a atisbar si un profesor estaba o no.

Al cabo de algún tiempo empecé a acostumbrarme y tuve el gusto de conversar con mis viejos maestros y enseñar en aquel lugar que me cobijo cuando era un mocoso de siete años y que deje casi al final de mi adolescencia. Entre a su espacio físico cuando tenía siete y salí poco antes de cumplir los dieciocho. De esos tiempos aun conservo algunos viejos amigos y a otros los perdí para siempre — Mauricio Brown, con quien comparto y disfruto recuerdos en mis visitas por la tierra; Ociel Montoya a quien perdí de vista en mi exilio en México; Jaime Cordero compañero de primaria, secundaria y del Pedagógico a quien contacte por teléfono el año 1996 y con quien no paso nada, había cambiado ; Juan Sánchez a quien deje de ver por el año ’73 y no he podido ubicarlo, el Pollo Burgos quién hasta el día de hoy no se donde esta , el chico González y tantos mas. El amigo Troncoso, mi compañero de banco en primer año, pasamos compartiendo todo ese tiempo juntos, y al empezar el Segundo no volvió y eso me dolió, ahí empecé a darme cuenta que como dice Vicentico,”los caminos de la vida no son lo que yo esperaba, no son lo que yo creia, no son lo que imaginaba.” En el ’70, en la esquina de Ecuador y las Rejas divise a Troncoso arriba de un camión de carga, iba yo preocupado por cosas que ahora me parecen banales y solo cruzamos el saludo amistoso de tiempos lejanos, hasta hoy día siento no haberme detenido a conversar con el y haber estrechado su callosa, nunca mas supe de el.

Cuando entre al Liceo en 1950 recibí la libreta de calificaciones, esta me acompaño durante los 11 años en que fui su alumno. Cuando salí de Chile en el ’73 para cursar un postgrado, la deje en casa junto con todos mis libros y enseres, vino el fatídico 11 de Septiembre y perdí mi trabajo en la Universidad, mis enseres, una parte importante de mi vida y mi libreta y nunca supe de su destino. La he buscado pero hasta el día de hoy sigue desaparecida, la perdida de mi libreta me ha perseguido por años.

El Barros Borgoño no solo me educo y me preparo para enfrentar la vida, me dio conciencia de clases, recuerdo con cariño a mi profesor de Historia, Solovera, quien me abrió las puertas de su biblioteca para buscar y leer libros que estaban fuera de mi alcance. También aporto a mi vida dos etapas importantes. Fue Badiola, mi profesor de Matemáticas el que me introdujo en la ex UTE lo cual me abrió el camino en mi profesión, además, siendo Profesor Jefe conocí a mi compañera la cual ha estado a mi lado durante los últimos cuarenta años.

Hoy ostento dos ciudadanías y dos pasaportes. Aquí en el lugar donde me toco vivir nunca me considerare un nacional, allá en la tierra donde nací los tiempos de dictadura me la cambiaron de tal modo que es imposible reconocerla y de aceptarla tal cual es. El año ’98 volví a San Diego 1547 y camine por sus patios y pasillos, me prometí volver para el año 2002 para estar presente en su centenario, pero no se pudo. Este año van para los 105 años los primeros días de Abril y otra vez perderé otro aniversario. Para la huelga de los pingüinos seguí con marcado interés a los muchachos del Borgoño y me identificaba con ellos en cada protesta y sentí como en carne propia cada apaleo y cada guanacazo. Desde aquel día de marzo del ’50 ha corrido mucha agua debajo del puente. No me siento ni Canadiense ni tampoco me siento Chileno, y cuando alguien me pregunta acerca de mi nacionalidad digo con orgullo, lisa y llanamente, que soy Borgoñino.

–el inconforme
Marzo 19, 2007
Articulo en version mas corta publicado en www.elclarin.cl el Marzo 19, 2007.

Nepotismo, conflicto de intereses y corrupcion

Quisiera comentar tres noticias que vienen hoy en los periódicos nacionales. Las tres notas están relacionadas íntimamente y tienen que ver con el nepotismo y la corrupción con que la Concertación dirige y administra la herencia dejada por la dictadura.

Para empezar, el ex presidente Frei defiende un hecho acaecido durante su gobierno, y es que nombro a su hija, por sugerencia de Insulza, como cónsul por 90 días. La razón era que como su marido, yerno de Frei, estaba estudiando en España y ella tomaba unos cursos de Fiscal, su nieto iba a nacer apatrida, lo cual obviamente no es cierto.

Sin embargo, la primera pregunta que me brota es, si fue Cónsul Honorario y si no lo fue, ¿Cuánto gano en esos tres meses?. A continuación quisiera saber si todos los chilenos que están en el extranjero como estudiantes o ilegales tienen acceso al mismo trato.

Obviamente que la respuesta es negativa. La conclusión que hay que sacar es que esto es lisa y llanamente nepotismo, corrupción y sinverguenzura, ya que todos los chilenos deberían tener el mismo derecho. Sin embargo, si el yerno hubiera sido un Pérez González, ó un García Huenuman casado con una Juanita Godoy, las huinchas que Frei le hubiera dado siquiera una respuesta.

El segundo caso es de Lagos Weber. Me parece otra sirvenguezura que haya postulado a una beca siendo su papito Ministro de Educación, y siendo el Ministerio de Educación el que las concediera. Esto se llama aquí y en la quebrada del ají conflicto de intereses. Lagos Weber pudo haber postulado a una Beca de la OEA, ó de un gobierno extranjero como Canadá ó Francia sin que nada hubiera pasado.

Después siendo Lagos presidente, nombra a su hijo para dirigir las nefastas reuniones para el tratado de libre comercio con los EEUU. ¿Por que? ¿No había otro chileno mejor preparado para este puesto? Esto es nepotismo.

Otra vez nombro a García Huenuman como contrapartida. Y para agregar la guinda a la torta, su papito lo deja enganchado como vocero del gobierno de la chica de rojo, donde solo ha logrado perder pelo y tener canas en su barba. Nuevamente estamos en presencia de nepotismo y conflicto de intereses, ó dicho de otra manera, de corrupción.

Finalmente, la presidenta Bachelet. Su hijo entra a la Cancillería, donde la jefa inmediata es personal de confianza de la mamita. ¿No hay otro trabajo en la cual el muchacho podía haber conseguido? Bueno, a lo mejor es el que va a hacer el aseo en la cancillería, aunque no lo creo, ahí quedará amarradito a un puesto debido a que Francisco Dávalos no es Francisco Dávalos Pérez de la Legua, sino que Francisco Dávalos Bachelet, y su mamita es la presidenta.

Corrupción, nepotismo, conflicto de intereses, no importa como se llama, todo es parte de la misma basura.

Y de la Alianza mejor nos callamos porque su historial no solo es corrupto, nepotista, sino que además sangriento. Así es que por favor, que la derecha no concertacionista mejor se quede callada que con sus gritos de que viene el lobo no convencen ni a sus parientes.

–el inconforme

Quemando las naves


Santiago, 2007.

He estado, desde 1973, fuera de Chile. Los primeros años, junto a mi compañera y mis hijos, vivimos en México sin abrir las maletas, esperando que el regreso a nuestro terruño iba a acontecer en los próximos meses.

Los años pasaron y finalmente volví a mi tierra lleno de esperanza y me encontré que esta ya no existía. Vi al chileno medio con todos sus defectos — racistas mirando en menos a los rotos que ganaban menos, tratando de parecer simpáticos al pije que ganaba mas, el cual a su vez lo despreciaba por su condición de roteque arribista, despreciando el idioma, ahora lleno de palabras gringas que ni siquiera saben pronunciar, preocupados del auto nuevo, o del celular, o del ultimo vestido, hablando del “colaless” que andaban usando debajo del vestido, y preocupados de que se pensaba en el extranjero acerca de ellos, del ombligo del mundo, y la verdad es que lo único que hace noticia afuera tiene que ver con Pinochet y sus juicios.

Me detuve durante 15 minutos en La Alameda y Ahumada para ver pasar la gente y apreciar otro de los mitos imperantes. Somos un pueblo mestizo y no blanco como quieren hacernos creer la derecha.

Camine por los paseos y calles del centro y me encontré con escritos racistas en contra de algunos hermanos latinoamericanos, panfletos por lo que sentí y aun siento una vergüenza terrible. Pensé en el racismo oculto dentro de la sociedad, estimulados por aquellos que se creen superiores a aquellos provenientes de países del altiplano. Finalmente pude apreciar lo intolerables, racistas, clasistas e individualistas en que nos hemos convertido como consecuencia del gobierno de la dictadura y de la concertación.

Volví a mi país de residencia con la convicción de haber estado viviendo durante 30 años en una burbuja, con una realidad inexistente y borracho de un recuerdo que era solo eso — un recuerdo perdido en los años del exilio, dispuesto a vaciar mis maletas en los roperos y volver del mundo de los sueños para comenzar a vivir el resto de mi vida. Tome mis viejas maletas les prendí fuego pensando en un viejo programa de la televisión mexicana llamado “Aquí nos toco vivir.”

–el inconforme

Los ojos del viejo


Santiago, 2007.

Los ojos del viejo me vienen a la memoria en estas fechas. ¿Nunca te diste cuenta que para los años nuevos los ojos de mi padre lucían diferentes? Eran más expresivos, como si esperaba algo nuevo del año que venia. Como que el nuevo año significaba algo mejor para todos, un cambio sustancial que nunca en realidad llego. Eran en cierta forma ojos de esperanza.

Cada año nuevo me acuerdo de los fines de año que pasábamos en casa, por allá por la calle Franklin, cada año me acuerdo de mi viejo, y cada año veo sus ojos arriba de ese cuello porfiado que nunca permanecía derecho, siempre con la tendencia a doblarse y curvarse hacia arriba, junto a nuestra abuelita la que captaba de manera diferente el momento.

Para la jefa no tengo ningún recuerdo en especial para ese día, salvo que andaba corriendo mas deprisa, esperando las doce y sacándose el delantal para poder darnos el abrazo. Para mi no significaba mas que empezar un nuevo año. Cuando pequeño la espera me mareaba y veía manchitas en el aire como cuando a algún viejo le baja la presión repentinamente, son unas lucecitas como luciérnagas que se mueven en el aire. Mas tarde pasábamos a la mesa a dar de baja lo que mama siempre reparaba con esmero.

En otras oportunidades , y bastante frecuente como lo permitían las distancias de 365 días, íbamos a San Bernardo y la cosa se ponía mas animada con parientes-amigos de allá, a las doce mi hermana y mi prima se ponían a comer doce uvas, una por cada mes del año. Pero en cada año nuevo, no importa donde, si en la casa o en San Bernardo, los ojitos de mi papa relucían de una forma especial.

A lo mejor pensaba, “Este año voy a encontrar una solución a mi salud,” o bien, “Este año me saco el Gordo y le daré a la familia todo lo que siempre he deseado para ellos.” Quien sabe, pero que brillaban, brillaban en forma especial.

Con el paso del tiempo, al final de los años de liceo y los primeros en la universidad, después de la llegada del año nuevo salía de parranda con algún amigo sin rumbo fijo. En mas de una oportunidad caímos por San Bernardo, y en otras, quien sabe como gastábamos las primeras horas del nuevo año que traía la misma rutina que la del anterior. Pero el momento de las doce, el se ponía nervioso y empezaba a estirarse el pantalón y cambiaban sus ojos por aquellos expresivos de que ahora si se le cumplirían sus deseos.

Solo un año recuerdo con tristeza, y fue cuando a la jefa le salió lo Peña y se enojo porque el viejo pregunto por algo sin importancia pero lo suficiente para que la tristeza, frustraciones, impotencia que se había guardado durante un año saliera para fuera con toda la rabia que ella sabia acumular y contener y ese año no hubieron abrazos y no se sirvió la comida y los ojos del viejo se apagaron. Temprano, antes de las doce, salí de la casa a rodar no recuerdo con que dirección, pero con los ojos apagados que acababa de dejar rondándome toda la noche, y persiguiéndome hasta estos días.

La otra expresión que conocimos muy bien era cuando llegaba a la casa con el sombrero echado 1/4 de centimetros, hacia atrás. Nos cruzábamos una mirada, y entendíamos lo que era imperceptible para la gente común. Para nosotros dos, era la señal inequívoca que se había echado una canita al aire con algún viejo amigo, venia contento, sabiendo que todo había terminado ese día, pero con ganas de perdurarlo unos minutos más. Los ojos tenían otra expresión diferente, no eran de año nuevo, eran de alegría y de culpabilidad, de que podía empezar una pelea, o que amenazara con que iba a salir.

Pero también eran ojos de camorra. Yo creo que lo conocimos mejor por sus ojos que por sus sentimientos. Al fin y al cabo sus ojos eran sus sentimientos abiertos a nosotros, sus ojos traicionaban sus emociones y por sus ojos sabíamos si estaba contento, triste, con trago, excitado como en año nuevo.

Esos ojos me han perseguido por años y anoche al empezar el milenio en una tierra extraña, como todas las que he pasado desde 1974, los ojos del viejo estuvieron conmigo desde antes de las doce hasta que me dormí, pensando también que a lo mejor este año nos traerá a todos algún cambio profundo que romperá la barrera de la monotonía y de la nostalgia, que me decidiré a volver a la tierra, lo cual es un imposible. Me dormí como mi papa, con la esperanza de que ahora, si va a ser diferente.

A Letter Home

The eyes of the old man come to me during these times. Did you ever notice how on New Year’s Day the eyes of my father looked different? They were more expressive, as he was expecting something out of the New Year. As if it meant something better for all of us, a substantial change that never came. In a way, they were eyes of hope.

Every New Year I think in the New Years we spent back home, in Franklin St. Every New Year I think of the old man and see his eyes above that stubborn neck that would never stay straight, always with the tendency to bend and curve upwards. I have no particular memories of Mom during those years, except for images of her running, waiting for midnight, and removing her apron so she could huge us.. For me, it only meant the beginning of the year. When I was a child, the waiting would made me dizzy, and I would see spots in the air; the way it happens to old people when their blood pressure drops suddenly, I would see these little lights like fireflies moving in the air. Later we would move to the table and devour that Mom has prepared with care.

There were other times – as frequently as a distance of 365 days would allow – we would go to San Bernardo and things would get animated with family members and friends. At midnight my sister and our cousin would eat 12 grapes, one for each month of the year. But every New Year , it doesn’t matter where, the eyes of Dad would shine in a special manner.

With the years, as was finishing high school and starting university, I would go partying with some friend after New Year, without a set destination, and more than once we would end up in San Bernardo, spending the first hour in an uncertain manner, not knowing if the New Year would bring the same routine as the old year.

But for the moment of midnight, he would get nervous, stretching his pants, and changing his eyes for the expressive one, hoping that maybe then his wishes would come true.

There is only one year that I remember with sadness, and it was the year when Mom get angry because the old man asked something that didn’t matter but was enough to bring up the sadness and the frustration that had piled up throughout the year. That year there were no hugs, and the food was not served, and the eyes of the old man shut down. Early that night, before midnight, I went out and rolled aimless, but with the shut eyes that I left at home, surrounding me for the rest of the night and for the rest of my life.

The other expression that we new well was he would come home, with his hat tilted to the back. With my sister, our eyes would cross, and we’d understand. What was imperceptible to others, to us was the unmistakable sign that he has been drinking with an old friend. He would be happy, certain that everything has ended that day, but still wanting to outlast for a few moments longer.

These eyes had a different expression; there were not to the New Year, but of happiness and guilt, knowing that maybe a fight could start. But they were also feisty eyes. I think we knew him well for his eyes than his feelings. In the end, his eyes were his feelings, open to us. His eyes would betray his feelings and through them we would know if he was very happy, sad, or exited in the New Year. Those eyes have followed me for years; last night as we start the New Year in a strange land, like every other year since 1974, the eyes of the old man were with me from before midnight until I went to sleep. I was thinking too that maybe this year would bring us all some profound change to break this wall of monotony and nostalgia, that maybe this year I would make up my mind to return to my land, knowing in the impossibility of the idea. I fell asleep like dad, with hope that maybe this year things would be different. In the end, hope is the last thing that dies.

December 1999

December 2006

–el inconforme
Enero 1, 2007